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martes, 14 de septiembre de 2021

3) Se abre el portón: ¡esclusa va!

Navegar por un canal como el del Loira, o el del Midi, resulta sencillo siempre que se tenga algún conocimiento de barcos y de la mecánica de las esclusas. Desde fuera incluso puede considerarse aburrido o al menos monótono, pero nada más incierto. La realidad es que los viajeros se sumergen en la gestión del barco y el día transcurre en un suspiro embebidos en el proceso de superar las esclusas, un tanto proceloso y que hay que repetir al menos cada hora.


En el canal del Loira, de 196 kilómetros, se han construido 40 esclusas, lo que implica pasar seis o siete cada día. Salvo una doble, espectacular, en Guetin, que salva un desnivel de diez metros, el resto son sencillas, lo que facilita la tarea. En el Midi, por el contrario, las hay dobles o triples, y aún mayores, debido a los importantes desniveles.


Básicamente, en eso consiste navegar por un canal, en pilotar los barcos, pasar esclusas (en ambos casos procurando no dañarlos) y contemplar el paisaje (en la imagen superior una central térmica y campos de cultivo), las gentes, y en ocasiones también en pegar la hebra con los escluseros, que fueron esta vez especialmente amables y en una clara mayoría mujeres. 

Con una de ellas hablamos de su trabajo y dijo estar encantada y que eran empleados públicos, dependientes del organismo VNF (Vías navegables de Francia). Aunque el canal solo está abierto seis meses, de abril a septiembre, ellos trabajan todo el año, dedicando el tiempo restante a labores de mantenimiento. Los canales se vacían en otoño y se limpian, pero la verdad es que a finales de septiembre estaban llenos de auténticos bosques de vegetación acuática como se aprecia en la siguiente foto.


Lo que menos agrada a los navegantes canaleros es encontrar la esclusa cerrada, lo que sucede cuando ha finalizado el horario del personal (9 a 12 y 13 a 19 horas), que el encargado esté atendiendo otra esclusa o, finalmente, que un barco la esté atravesando. En tales supuestos no queda otra que esperar a que se abra la correspondiente compuerta.


Pero, claro, previamente es preciso atracar para la espera, pues los barcos parados se gobiernan mal (si no tienen motores delanteros, como fue el caso del Cyrano, muy mal), y si es cosa de minutos, intentar mantenerse a un lado esperando el momento de entrar.


Para atracar, hay que acercarse a la orilla (momento siempre delicado para el barco) y no es lo mismo que haya norays para sujetar el cabo a que haya que improvisarlos con las estachas metálicas que llevábamos a bordo junto con un martillo para clavarlas. Previamente, uno de los marineros tiene que dar un salto a tierra para hacerse con los cabos y acercar el barco. Después, desciende algún otro compañero/a para completar la operación. Al rato, cuando hay vía libre, la operación inversa en la que el último de los marineros salta a bordo antes de que se separe de la orilla mientras sujeta los cabos con el barco ya desamarrado. Un sinvivir....


Cuando esta operación se repite una docena de veces al día (además de las esclusas, en las paradas para comer, hacer noche o cualquier otro motivo) instintivamente se intenta evitarla pero a la vez se va adquiriendo cierta pericia.


También se repite una y otra vez el proceso para superar las esclusas. Primero de todo, acceder, lo que a veces es complicado si el barco no colabora, es un decir. Ciñéndonos a nuestro viaje por el Loira, que eran esclusas de ascenso, una vez dentro es necesario tirar los cabos al esclusero, para que los enganche al noray y te los devuelva. Amarrada la embarcación o embarcaciones (lo normal es que quepan dos o tres), el operario procede a cerrarlas: primero los portones de un lado y luego repite la operación al otro. Por último, abre la entrada de agua para que se llene y alcance el nivel al que vamos a salir en el canal.
Mientras esto se produce, hay que ir recogiendo y tensando los cabos para que el barco siga sujeto. Así alcanzamos el nivel deseado y ¡oh, voilá!! volvemos a navegar. El proceso se aprecia claramente en el siguiente video.



Mientras todo esto ocurre, en barcos como el Aligoté, con plantilla numerosa, parte de los marineros tienen tiempo de realizar otros menesteres, caso de la comida que después la gente del Cyrano se encontraba estupendamente preparada a cargo de Mariajo, reconvertida en jefa de cocina para la ocasión.

En las esclusas siempre se indican las distancias a las más próximas en cada dirección

Aunque el tráfico era escaso, en los puertos había bastantes barcos



Aspecto de la esclusa de Guetin, la única de dos niveles, que salva un desfase de diez metros, cinco en cada salto, con lo que daba la impresión de estar encerrados entre altísimos muros. A la salida te encuentras en un puente-acueducto de 400 metros de longitud.

Momento de apertura de las enormes compuertas de Guetin

En la esclusa de Fleury, el encargado abrió de golpe y al máximo la entrada de agua para subir el nivel, lo que nos pilló por sorpresa. Como consecuencia, el Aligoté, que estaba delante, sufrió un fuerte bamboleo pillando desprevenidos a los bicheros que sujetaban los cabos. A partir de entonces siempre estábamos atentos para evitar sustos similares. Pensamos que el esclusero tenía prisa y quería acabar cuanto antes, forzando para ello la seguridad de los barcos, algo que no volvió a repetirse.

Según se llena la esclusa el barco va subiendo hasta llegar al nivel de los muros


En la imagen superior puede apreciarse la situación habitual en una esclusa cerrada: el barco se hace a un lado, esta vez sin amarrar, pero ha desembarcado una marinera, Beni, para sujetar los cabos una vez dentro. En el Loira las escluseras eran especialmente amables y solían colaborar.


Cuando el tiempo acompañaba, algunas viajeras optaron por darse un paseo en bici hasta la siguiente esclusa por el camino lateral siempre plano y cómodo. Llevábamos una en cada barco. 

Después se imponía recuperar fuerzas, se hubieran gastado o no.

La olla con el guiso sobrante, en el exterior para pasar la noche al fresco

Las viviendas de los escluseros eran en ocasiones muy atractivas


Un hotelito


Lo que resultó muy cómodo fue disponer de un comedor en el Aligoté con capacidad suficiente para las trece personas de los dos barcos, que allí pudimos comer con cierto desahogo. Una noche se organizó una pequeña cacería de insectos de lo que quedó constancia en el siguiente video para reirnos un poco. 




La llegada a Digoin se realiza por un acueducto sobre el Loira similar al de la salida de Briare, aunque menos espectacular y algo más corto, de unos 400 metros.
 

Una diferencia fundamental entre los dos barcos es que el Cyrano se podía manejar desde dentro, siempre más aburrido y con peor visibilidad, reservado para los momentos de mal tiempo, pero habitualmente desde la cubierta superior al aire libre. En el Aligoté, sin embargo (donde Víctor ejerció muchas veces como capitán) la opción interior era la única existente por su configuración.

Desde el barco veíamos cultivos, vacas blancas, pequeños pueblos y algunas mansiones. 




En Fleury sur Loire fue la excepción y pudimos comer en un chiringuito junto al canal. Era un pequeño puerto en las cercanías de un pueblito, y allí nos trataron muy bien. Lo cierto es que teníamos comida preparada, pero así resultó mucho más cómodo.


Otro tema a tener en cuenta era la altura de los puentes bajo los que pasábamos. No era infrecuente, si no todo lo contrario, que el capitán del Cyrano tuviera que agacharse ya que el puesto de mando estaba a cierta altura y no era posible permanecer de pie.


También era necesario recoger el toldo que daba sombra en la cubierta trasera para evitar que se destrozara.

En la ruta pudimos ver numerosos barcos de madera, algunos de ellos muy bien cuidados, otros práctiamente ruinosos.

Incluso una biblioteca de acceso libre en el puerto de Briare.


La cubierta del Aligoté estaba muy concurrida en los días de sol.

Paco y Alvaro parecen reflexionar en un alto en el camino

A veces, caso de Beni en la imagen, ejercíamos funciones de ayudantes de las escluseras

Sorprendente tela de araña junto al canal; había muchísimas y enormes que la lluvia y la humedad se encargaban de hacer visibles.

¡Y que mejor cosa que hacer después de comer, tras una mañana de arduo trabajo...!


lunes, 13 de septiembre de 2021

4) Nevers y Decize, dos joyitas

Fuimos al Loira con el soniquete de los famosos castillos del ídem, que en realidad son enormes complejos palaciegos, pero ninguno se encontraba en nuestra ruta e íbamos sin coche de apoyo. Por el contrario, descubrimos a la para nosotros desconocida Nevers, una ciudad medieval con importantes edificios históricos bien conservados. Y también Decize, igualmente muy atractiva, y algo menos Digoin.

Canal de Briare, nuestro punto de partida

A Nevers llegamos a mitad del viaje en barco, más o menos, aprovechando el bloqueo del canal por un árbol que ya hemos relatado. En otras palabras, que puestos a ser bloqueados, fue el día adecuado ya que teníamos idea de dedicarle la jornada a esta villa.

Espectacular Palacio Ducal



Al tratarse de una ciudad de unos 38.000 habitantes, recorrerla no planteó problema alguno, especialmente al llegar en taxi y no tener que buscar aparcamiento. Además, los taxistas nos dejaron junto a la iglesia de Saint-Etienne, en uno de los extremos del recorrido turístico que tienen diseñado y que puede seguirse por la raya azul pintada en el suelo a lo largo del centro histórico, o casi.

Panorámica de Nevers con la catedral

Visitar la iglesia de Saint-Etienne recién desembarcados en la ciudad impresiona por su grandiosidad y, sabiendo que existe una catedral, te hace pensar en cómo será el templo principal. 


Se trata de una iglesia románica construida en la segunda mitad del siglo XI. Una sencilla cuenta permite constatar que en unas pocas décadas les tocará celebrar el milenario del templo.

Catedral de Nevers, siglos XI-XIV

Pero la catedral juega en otra liga, como se aprecia en la fotografía que encabeza estas líneas. Es un soberbio edificio, con el nombre oficial de Basílica de San Quirico y (su madre) Santa Julieta. Mantiene restos románicos y otra parte del tempo es de estilo gótico del siglo XIV.


Aunque luce unas hermosas vidrieras, ha sido destruida dos veces y otras tantas reconstruida. En el caso de las vidrieras su diseño, relativamente reciente, choca un poco con el conjunto, tal vez excesivamente modernas.


La última batalla de la catedral fue en el verano de 1944 durante la liberación de Francia de los nazis, cuando fue bombardeada por error por los aliados, concretamente la RAF británica. En el ábside se muestra una exposición fotográfica de los daños del raid aéreo, que fueron importantes pero centrados principalmente en la techumbre.





Y paseando por la ciudad encuentras numerosos edificios históricos, la mayoría identificados y fechados, que convierten el recorrido en un placer.


Conscientes de que se trataba de una visita de unas pocas horas, e ignorando por tanto detalles concretos, seguimos nuestro callejeo sin rumbo tranquilos pero atentos.


Y junto a los edificios históricos, modernidades como esta fuente.


El agua le impide apoyarse en la base de piedra y está constantemente girando. Una chulada, aunque se aprecia mejor en el video que sigue.


No fue difícil encontrar un lugar para bien comer ya que una de las taxistas nos ahorró el esfuerzo. Nos explicó que Puits era el mejor restaurante con diferencia y que convenía reservar, cosa que hicimos a primera hora al encontrárnoslo durante nuestro recorrido turístico. 


Y allende la una del mediodía, siguiendo las costumbres horarias europeas que tan poco nos agradan, allí estábamos. Fue la hora más tardía que nos autorizaron.


Un par de delicatessen ejemplo de lo que tomamos. Había un menú de la casa consistente en un plato de la carta, más postre y vino de la casa, que sumados algunos cafés y varias cervezas nos puso la comida en algo menos de 30 euros persona, precio razonable en este establecimiento.


Tras ello hicimos algo de compra en un súper y contratamos un taxi para que un par de voluntarias del grupo la llevaran al barco.


El resto elegimos volver paseando los 11 kilómetros que nos separaban de nuestros barcos, para lo cual cruzamos el Loira y salimos de la ciudad.


La segunda mitad del camino discurre precisamente junto al canal del Loira, lo que hizo el paseo más agradable y menos agobiante ya que el sol lucía con fuerza.


Un pueblo muy pequeño pero que resultó agradable fue Fleury sur Loire cuya iglesia aparece en la foto de arriba. Como en casi todos había panadería aprovechábamos, como en este, para aprovisionarnos de ricas baguettes.

El magnífico ayuntamiento de Decize

Un día después, llegábamos al caer la tarde a  Decize, un pueblito de unos 6.000 habitantes que en realidad es una islita ya que el Loira se bifurca entre el viejo Loira y el río propiamente dicho, encerrando en medio a la población. Como ya era un poco tarde, nos tocó hacer la visita de noche, pero resultó muy agradable, ya que la temperatura era suave y el pueblo merecía la pena.

Torre del reloj, justo delante del Ayuntamiento


La belleza del pueblo nos llevó a alargar el paseo para disfrutar de sus calles y, como no, de sus puentes, vitales para poder acceder a esta villa. Tenía también un puerto muy coqueto en el que había que pagar, pero nos pareció muy cómodo y allí pasamos la noche tan ricamente. 


Una tarde con muy buen tiempo llegamos a un pequeño puerto bastante animado. Saltamos de los barcos y nos pusimos rumbo al centro del pueblo, de nombre Beaulon, donde teníamos la esperanza (vana) de encontrar un restaurante para cenar estupendamente. 


Vimos un restaurante en la plaza, cerca de la iglesia, pero estaba cerrado aunque tenía buena pinta. Lástima.


Preguntamos y nos remitían a otro pueblo, Dompierre, a unos 12 kilómetros. Con lo cual acabamos recurriendo a la panadería para completar las viandas que teníamos en los barcos e improvisamos una cena de lo más apañada.

De vuelta al canal, este señor, con una casa de lo más friki llena de "detallitos" de dudoso gusto, nos saludó efusivamente.


Y cumpliendo el plan previsto, a media tarde del viernes 24 de septiembre llegábamos a Digoin. De esta forma garantizábamos la entrega de los barcos a primera hora de la mañana del día siguiente.


El puerto es un lugar amplio y con numerosos barcos atracados.


De allí salimos para conocer Digoin, que ni  mucho menos tiene el interés de Nevers ni tampoco Decize, pero resultó una villa agradable y con una iglesia espectacular.


Puente acueducto por el que llegamos a Digoin



Tuvimos tiempo de recorrer Digoin, de buscar donde cenar y de hacernos las últimas fotos antes de salir por la mañana hacia Lyon, última etapa del viaje.


Aquí ya, sí, le dijimos adiós al Loira tras esta agradable semana que nos permitió recuperar nuestro apetito viajero tras la pandemia, con la idea de que sea el primero de muchos viajes en la nueva etapa.