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jueves, 15 de mayo de 2014

(6) El viento agita el canal (Le Somail-Homps)

La tranquilidad iba en aumento: nos sentíamos cómodos y hasta experimentados a los mandos de nuesros superbarcos. Tanto, que el bichero de proa se permitía cruzar los brazos mientras adelantábamos a un pato al que el capitán no quitaba ojo.

Lo que sentíamos en el Tournesol era extensible al Ravel, como se aprecia en la normalidad con que Víctor se manejaba.

Y la hora de cruzar puentes enanos, el capitan parecía estarle diciendo que se subiera, que él no se rebajaba a doblarse. Era nuestro estado de ánimo, aunque supongo que al final Alfonso optó por doblar la cintura. Genio y figura, pero sin pasarse. Pero el día acabaría poniendo las cosas en su sitio y recordándonos que pese a nuestra dilatada experiencia de unos días, aún nos quedaban (muchas) cosas por aprender. Y como casi siempre, el culpable de nuestras desdichas fue el puñetero viento.
Las incidencias por el vendaval fueron abundantes en la jornada. Antes de una de las esclusas nos acercamos a tierra para que bajaran las caberas, y luego no había forma de salir: el viento torcía el barco y los motores de proa no eran suficientes para enderezarlo. Se necesitaron varios intentos, pero se logró. Al momento, como prueba de que el día era complicado, salió volando la gorra del capitán: todo un presagio, pero el bichero de popa (Juanma) logró recuperarla. 

Al rato de salir hicimos una parada en un pueblecito, Argen-Minervois, tranquilo y agradable, con un recinto acastillado en lo alto. Dimos un paseo, ya que no había mucho que ver, y tomamos una cañita en una terraza. El día era agradable y bastante soleado.

No había nadie por las calles y notaréis la ausencia de Manolo, que quedó al cuidado de la flota... y sobre todo preparando la comida. Habíamos decidido mejorar el menú del mediodía cambiando la ensalada digamos normal por otra de pasta, y Manolo se ofreció voluntario.

En la terraza hubo un incidente, pero del que solo fuimos testigos. Al traernos el pedido, una camarera tropezó en un pequeño resalte del suelo, que era de tierra, y cayó de morros sin poner las manos. Quedó conmocionada y bastante magullada, pero poco a poco fue recuperando, aunque luego se dolía del hombro. Menudo trompazo.

Volviendo a la navegación, aparte de los guiris del montón como nosotros, en barcos multitudinarios, había otro turismo de más nivel en grandes barcazas como la que se ve saliendo del canal y pasando delante de nosotros. Diferencia, son enormes y llevan cuatro pasajeros normalmente (a veces seis) y otros tantos miembros del servicio: capitán, camarera, ayudante y lo que sea. Allí estos viajeros no tienen otra cosa que hacer que no hacer nada. Tomar el sol, ver el paisaje y creemos que mirarnos con cara de aburridos.

A nosotros no nos daban envidia: tenían aspecto de desear que pasen las horas y de tener demasiado tiempo sin nada en que ocuparlo. Bueno, había quien (quiena más bien) que sí mostraba su preferencia por este modelo, pero cuando le digamos lo que cuesta seguro que se apunta de nuevo al plan nuestro-de-andar-por-casa.


Al llegar a una de las esclusas del día, presenciamos la típica putada de los canales. Consiste en que cuando estás a punto de entrar en una esclusa te la cierran en las narices. Nosotros paramos, como se ve en la foto, con la elegancia habitual y los cabos equilibrados. Después entramos y vimos el lío desde dentro.
Se  trata del barco que se ve revirado, que estaba a punto de "esclusar" (el verbo es propio) pero el esclusero observó que venía detrás el Beatrice, la barcaza de pasajeros (ésos que pagan un pastón y por lo tanto, o por no se sabe qué, tienen prioridad en las esclusas) que se ve la foto inferior, y le obligó a parar y dar marcha atrás.

Lo intentó todo, pero no eran capaces de enderezar el barco y quitarse del medio de la trayectoria del Beatrice. Ante lo irresoluble de la situación, el patrón de éste último le hizo un gesto al esclusero para que lo dejara pasar. No le quedaba otro remedio.

En las siguientes fotografías podéis comprobar el ambiente en el interior de las esclusas, siempre viendo y oyendo el ruido del agua y aguantando los cabos.


Eso sí, las "caberas" tienen algún momento de tranquilidad, pero no los "caberos", ni mucho menos el capitán. Bueno, la verdad es que en un momento esclusa el capitán del Tournesol se relajó tanto que (tal vez porque era justo después de comer) se quedó frito en su puesto. Bajó la gorra y aparentemente la cosa no se notaba mientras el agua iba subiendo, pero alguien se dió cuenta y se aprestó a darle un súbito despertar que casi lo mata del susto. Resultó gracioso ver a toda la esclusa, franceses incluídos, muriéndose de risa.

En la imagen inferior se puede comprobar lo angosto de algunas esclusas, donde los barcos literalmente se tocan. Por primera vez pasamos una esclusa doble y nos resultó llamativo, era repetir dos vece seguidas la operación.
El del fondo, izquierda, de nombre Alicante, se convirtió en el terror del canal para nosotros. Reunía dos características: sus tripulantes eran unos inútiles del copón y su tranquilidad no tenía límites. Lentos, con el barco siempre a su libre albedrío, descontrolado, pero sin agitarse para nada. Y en las esclusas, nada de desembarcar a nadie antes para recoger los cabos. Ni mucho menos. Al llegar los tiraban a ojo hasta que encestaban y eso retrasaba la entrada de los demás. Intentamos por todos los medios separarnos de ellos, pero al final siempre acababan a nuestro lado. Y nos golpeaban sin siquiera poner cara de "lo siento". Como si fuera lo habitual. Los vimos tan perdidos (ellos no, ellos se veían normales) que nuestras caberas terminaron ayudándoles a sujetar sus cabos. Creo que nos pasamos de amables.
Con esta forma de actuar, en el interior de la esclusa golpeaban a los demás barcos, pero sin inmutarse. Cuando nos pasaba a nosotros (rara vez) se nos hundía el cielo, pedíamos disculpas y, sobre todo, poníamos todos los medios para evitarlo. Ellos nada, como si fuera la forma natural de navegar en el canal. Atracaban habitualmente de oído: PATAPLÓN...y entonces paraban.


Al final pasamos la esclusa y llegamos a Homps, donde el atraque fue diferente. En vez de hacerlo en línea (con terminología automovilística, que seguro que no vale) tocó en batería, mucho más complicado, pero la verdad es que a Alfonso y sus muchachos nos salió de maravilla. Cuando llegamos el Ravel ya estaba colocado, con lo que, además de la experiencia de Álvaro, tenían más espacio para maniobrar.


Y después, lo de siempre. A Porota le recomendó un paisano el restaurante En bonne compagnie y fue una buena elección, quizás la mejor de la semana y eso que en general fueron buenos. Tomamos cosas como pollo "au plein air" (criado suelto), cordero a la marroquina con especias y cus-cus, un estupendo plato vegetariano con garbanzos y puré de patata. Y luego a meditar en el silencioso puerto a la luz de la luna. 

miércoles, 14 de mayo de 2014

(7) Cuando calientaaa el soool a la luz de la luna (Homps-Trebes-Carcassonne)

Salimos de Homps rodeados de viñedos y de bodegas en las márgenes del canal. Y con una sorpresa: no hacía viento. El cambio era radical: tiempo más suave, manejo del barco más sencillo y no era necesario atarse las gorras.

Pasamos muy pronto la primera esclusa, en la que pese a nuestro cuidado rozamos contra el borde la barandilla metálica del Tournesol. Cosas del directo, pero nos conjuramos para tratar de disimular la rozadura al llegar por aquello de nuestra reputación... y la fianza, claro.

En este trajín pasamos una esclusa doble con colas de barcos a ambos lados: nos llevó cerca de dos horas y elucubramos sobre lo lento que debe ser un viaje de estos en verano, con el canal lleno de barcos.

Pero lo cierto es que en estos días de mayo se hace con tranquilidad, sin agobios y tiempo suave, aunque un problema inesperado nos iba a tensionar en la parte final del viaje, algo con lo que no habíamos contado.


En este día oasis, tranquilo, cómodo y ronroneante menudearon más los viajeros por tierra, con los que nos saludábamos al pasar.
Y fue un día más cómodo para las caberas, a las que había que desembarcar a las bravas al llegar a una esclusa o a la hora de hacer un alto. Esta es la prueba gráfica de cómo arriesgaban sus vidas en la empresa.

Y luego a tirar con fuerza para acercar el barco al muelle, que hubo quien a la vuelta tuvo una rotura de fibras por el esfuerzo, pero ya sabéis que lo que ocurre en un viaje allí se queda, sea lo que sea. Por tanto, sin nombres.

Tras el desembarco, lo dicho: subida a la esclusa para allí coger los cabos, los nuestros y a veces los de algún parásito como los del Alicante que ya relatamos. En una de éstas operaciones se produjeron las pérdidas de una cámara y unas gafas que pasarán sus años en el canal recibiendo a inexpertos navegantes.


Y en las esclusas, los escluseros solían vender productos de la tierra (mermelada, vino, etcétera), suponemos que para redondear sus ingresos. Este iba mucho más lejos y ofrecía curiosas esculturas. En el grupo alguna se llevó un rechoncho pollito que tenía su gracia, pequeño, que teníamos que volver en avión.

En la misma esclusa coincidimos con un barco de los de alto standing, el Enchanté en la que un anciano caballero era cuidado por una solícita mujer negra mucho más joven y de buen ver. 

 El tema dio mucho que comentar ya que volvimos a verlos más veces, también por tierra. La chica le llevaba el bastón...

Otras muestras de las habilidades artísticas expuestas en las esclusas.

En la espera de una de las esclusas la cosa se fue dilatando y decidimos instalarnos en cubierta a tomar un aperitivo. Empezamos el Tournesol...


...y siguieron los compis del Ravel. Instalamos las sombrillas para no estar agobiados por el sol y la cosa se nos fue de las manos. O sea, que a lo tonto hicimos la comida del mediodía.

Excuso decir que pese a la organización y disciplina que adquirimos, elevada en tan poco tiempo, los capitanes eran laxos con la indumentaria. Vamos, que cada uno se vestía a su bola, tanto que alguien realizó durante la jornada una exhibición de pareos, quizás porque pensaba que nuestro destino era el Caribe.

Y así llegamos a la primera esclusa triple de nuestra historia. Una vez superada, nos dedicamos a buscar un sitio en medio del campo para establecer el campamento base para esa noche, o sea, el lugar de atraque de los barcos. Aquí otra capitana de pro, que lo mismo tiraba del barco con sus brazos que cogía los mandos del timón.

Habíamos decidido parar una noche en el campo, en medio de la nada, para hacer una fiestecita y poder cantar y bailar y poner música con libertad, ya que en los puertos no se podía armar follón. También optamos por cenar en el barco: teníamos tantas provisiones que o las íbamos gastando o sobrarían muchísimas.A la hora del postre, nos tomamos una copita de espumoso portugués que Juanma fue a comprar al pueblo en bicicleta. La idea era champán o cava, pero fue lo que encontró en la tienda de un portugués. Motivo, celebrar el 15 de mayo, fecha destacada en su vida y en la de Ana.

Y después de acercarnos a Trèbes andando o en bicicleta, la cocina se puso en funcionamento y cenamos en el mismo barco.
Después nos instalamos en cubierta con nuestras copitas a escuchar música de los ochenta, contando con una alíado inesperado: la luna. Era una noche negra, negrísima, de esas que en el pasado esperaban los ejércitos para atacar con posibilidades de no ser detectados. Sin embargo, al poco rato empezó a aparecer la luna por el horizonte con una impactante claridad, amarilla y rojiza, que le dio un toque de glamour a nuestro guateque.


Del cachondeo, poco hay que decir.

Bailamos, cantamos, y sobre todo reímos.

Aunque hubo quien no pudo dejar de lado su aficción a la astronomía.Álvaro con sus prismáticos nos fue mostrando lo que aseguraba era la estación espacial en su órbita a la tierra (todos dimos por seguro que era así) y también nos mostró algunos planetas. Cultura y ocio, un maridaje excepcional.

Y en medio de tanta risa, juerga y emoción, hubo quien no se resistió a pimplarse de un lingotazo la copa de whisky de su media naranja, ante la sorpresa del aludido, aunque, claro, con el voto de discreción del que esto escribe no puedo identificarla (verdad, Mariajo)


Los cánticos, especialmente el "cuando calienta el sooooool.....allá en la playa" fueron una parte muy especial de la noche, evolucionando desde las canciones horteras de los setenta a los clásicos de siempre sin olvidarnos de algún que otro "miudiño", con resultados opinables pero desde luego un empeño, un esfuerzo y un interés que la foto de este impagable duo deja en evidencia.

Al cabo de un rato, los canarios, con otro horario, decidieron instalarse sentados junto a la mesa de las bebidas. Hay quien dice que Víctor, siempre de guardia, constató al día siguiente notables efectos secundarios en uno de los participantes, pero el galeno, juramento obliga, no lo va a identificar (se), claro.

Pero mientras llegaban los efectos secundarios, que cara de satisfacción ofrecían ambos. (Atentos, delante de ellos, los prismáticos del profesor Reinaldo, más conocido últimamente como capitán Ravel, no era coña).

Y a la mañana siguiente.....nuestra primera tarea, deshacernos de la basura: teníamos un sinfín de bolsas (muchas con botellas) y dejamos bien repleto un contenedor. De hecho, una francesa no pudo contenerse y nos espetó picarona: "Qué, hubo mucha sed, eh?" Después avanzamos un par de kilómetros hasta Trèbes para ponernos en ruta: Debíamos llegar a Carcassonne antes de las siete para limpiar los barcos, pues a las 9 de la mañana del día siguiente los entregábamos e iban a ser revisados. De haber daños o desperfectos, peligraba la fianza. Y  no estábamos por la labor, sobre todo el dueño de la tarjeta de crédito correspondiente.


No contábamos con una cola de una docena de barcos delante de una esclusa triple... que el día anterior no funcionaba. Tras algunas gestiones nos enteramos que los escluseros estaban en huelga. Se había montado un pequeño atasco y nos encontrábamos al final.

Así que avisamos a la empresa de que por esta causa de fuerza mayor, y tanto, no sabíamos si llegaríamos a tiempo. Nos dijeron que hiciéramos lo posible ya que a las 11 del sábado tenían alquilado uno de los barcos. 
En nuestra espera hicimos varios recorridos por Trèbes y aquí está su iglesia.

Curiosamente, al cruzar la esclusa apareció un representante de la empresa de alquiler de los barcos, Les Canalous . Había venido a confirmar nuestra situación. Estábamos muy cerca, a unos 12 kilómetros de Carcassonne, una nimiedad en coche pero en el barco unas horas, esclusas incluidas.

Para nuestra desgracia, delante de él el Tournesol enfiló el borde de la esclusa y casi la golpea. Al verlo, nos envió el siguiente aviso, o amenaza, o lo que fuera: "la caution, la caution...). Traducido, "la fianza, la fianza...".

Acabada la huelga esa misma mañana, a las 3:30 logramos acceder a la esclusa triple y luego seguimos sin parar y pasamos otra doble y alguna más, pero sobre las 6:30 de la tarde estábamos en Carcassonne.


Era un puerto de Les Canalous y nos habían dicho que allí podríamos coger agua y cargar las baterías. Sin embargo, la oficina ya había cerrado y no había grifo del que cargar el Tournesol, que se quedó sin agua. Por tanto, zafarrancho de combate para limpiar los barcos... con agua que sacamos del canal en cubos. Un lío. Y es que tampoco teníamos jabón de fregar para echarle al agua.

Enfin, que hicimos lo que pudimos durante dos o tres horas.Hubo momentos en los que todo el mundo estaba sacándole lustre a algún punto de alguno de los barcos. Al final el resultado fue más que aceptable. Por fuera más o menos y por dentro, barridos y muy recogiditos, eso sí. A la mañana siguiente éramos los primeros a las 9 para la inspección, y la pasamos con nota. No sabemos si en ello tuvo algo que ver la estrategia de Manolo, que conoce bien a los franceses: colocó encima de la mesa nuestras abundantes sobras (una botella sin abrir de ginebra, tres de rioja, ventitantas cervezas y alguna cosa más).Como las cosas hay que hacerlas bien, le dijo algo así como que nos había sobrado y no sabíamos que hacer con todo ello pues volvíamos en avión. "Pour le patron", respondió de inmediato. Y tras un vistazo somero soltó un "impecable" que hizo que los trompazos se volvieran invisibles y recuperáramos íntegra la fianza. El hombre sonrió con ganas llamando a los capitanes por el nombre de los barcos, encantado. 

Y desde aquí, a buscar nuestro hotel en Carcassonne (el que se ve en la foto) esta preciosa ciudad amurallada del sur de Francia donde íbamos a pasar una jornada de ocio al uso antes de regresar el domingo, pero eso será el último capítulo.
Me olvidaba: en la noche de la fiesta Álvaro sacó a colación el tema de futuros viajes, en otoño y para el año siguiente, además de su propuesta estrella: ir a Nueva Zelanda en enero/febrero del2018 y recorrerla tres o cuatro semanas en autocaravanas. Fue aprobada por aclamación tras un largo debate, aunque por motivos logísticos y económicos, a lo mejor es preciso adelantarla a noviembre del 2017 que sale mucho más barato. Y respecto a octubre, tras tiras y aflojas se quedó en ir a Tenerife y La Gomera, con Víctor y su amigo Fernando de organizadores. Por el camino quedaron propuestas de Azores, Madeira, Córcega, Sicilia y el sumsumcorda. También se habló de otro recorrido en barco por los canales del Loira, pero se acordó dar un poco de tiempo a otra excursión nautica. Por de pronto, nuestros barquitos quedaron plácidamente atracados en el puerto y parece que a algún capitán le costaba abandonarlos.